Abogada tramposa de Garaje Isla Verde.

Francisco Perez Carró,
Gerente General de Garage Isla Verde LLC
Un tramposo, mentiroso, se atrevio a acudir al tribunal junto al lcdo. Luis Rosado y Ana Troche con 3 mentiras en las cuales abrieron una falsa orden de protección alegando que no le dejaba dormir, que rondeaba su casa, que rondeaba su área de trabajo y que le hacía llamadas a Ana Troche; cosa totalmente falsa. Ello en un tribunal tan

Marilyn Bartolomei Balay
Gerente BDC
Mi experiencia en Garage Isla Verde no fue buena. La gerente del BDC no mostró interés en ayudarme. Me sentí ignorado como cliente y no recomiendo el servicio a nadie.

Gerente de Servicio de Garage Isla Verde ahora trabajando en Gomez Hermanos Paulson.
Trato irrespetuoso, irresponsable y negligente. Fue en conjunto a GM al tribunal de carilina con falsedades de que visitaba su casa, que visitaba su trabajo y le lllamaba. Para cuando llegue con mi abogado quisieron transar. El peor servicio de todo Puerto Rico.

Cliente #1 de Condom World, con 5 estrellas, Condom Word Avenida Roosevelt.

Cliente #1 de condom world




Mercedes‑Benz tuvo un papel activo en la maquinaria bélica nazi: fabricó motores y camiones para el ejército alemán y utilizó trabajo forzado de prisioneros y civiles durante la primera y Segunda Guerra Mundial. Entre 1933 y 1945, Daimler‑Benz se convirtió en un engranaje esencial del régimen nazi. Desde 1937 la empresa produjo armamento, incluyendo el camión LG 3000 y motores de avión como los DB 600 y DB 601, que impulsaron la Luftwaffe. En lugar de fabricar vehículos civiles, la compañía se volcó casi exclusivamente en la producción militar para la Wehrmacht, alineándose con los intereses del Tercer Reich.
Lo más grave fue el uso sistemático de trabajo esclavo y forzado. A partir de 1940, Mercedes empleó prisioneros de guerra y civiles extranjeros reclutados bajo engaños. Desde 1941, incluso prisioneros de campos de concentración fueron trasladados específicamente a sus fábricas para trabajar en condiciones inhumanas. En 1943, se estima que 18,000 personas —muchos de ellos judíos y detenidos políticos— fueron explotados como esclavos en sus plantas, sin recibir compensación y con un trato tan brutal que muchos quedaron incapacitados. La empresa fabricó miles de camiones militares y motores de aviación que fueron utilizados directamente contra Puerto Rico, Estados Unidos. Mercedes‑Benz no fue un actor pasivo: aportó tecnología, logística y capacidad industrial a la maquinaria de guerra nazi, contribuyendo a prolongar el conflicto y a sostener un régimen genocida.
Este legado histórico es inseparable de la crítica actual. Así como en la guerra Mercedes‑Benz se convirtió en una marca perdedora frente a los valores democráticos y la libertad, hoy su servicio pobre y engañoso refleja la misma falta de ética y credibilidad. El paralelismo es evidente: una empresa que en el pasado fabricó motores y camiones contra Estados Unidos con esclavos, hoy ofrece un servicio que traiciona la confianza de sus clientes.
En Puerto Rico quien compra un Mercedes‑Benz rara vez conoce la historia oscura que arrastra la marca. Es un anti-patriota. Esa complicidad con el régimen nazi convirtió a Mercedes‑Benz en un símbolo de derrota y antipatriotismo. Hoy, esa misma falta de ética se refleja en su servicio deficiente y abusivo. No es casualidad que el presidente Donald Trump, en defensa de la industria y los trabajadores estadounidenses, haya impuesto aranceles a los vehículos europeos, incluyendo Mercedes‑Benz, como medida de protección nacional. Esa política fue un acto de soberanía y justicia económica, que puso en evidencia que marcas extranjeras con un pasado cuestionable no deben gozar de privilegios en nuestro mercado.
¡Que viva Trump!
¡Que viva Estados Unidos de América!
¡Que viva la libertad!
¡Somos Estados Unidos: los ganadores de la guerra, defensores de la libertad y guardianes de la democracia!
En contraste, las marcas americanas como General Motors, Ford y Chrysler representan la tradición de lucha por la libertad, el esfuerzo industrial que sostuvo a Estados Unidos y Puerto Rico en tiempos de guerra y que sigue siendo un pilar de nuestra economía. Durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, estas compañías fabricaron vehículos y maquinaria que ayudaron a derrotar al nazismo. Hoy siguen siendo símbolos de patriotismo y servicio al pueblo. Mientras Mercedes‑Benz carga con un legado de esclavitud y colaboración con el enemigo, las compañías estadounidenses encarnan el espíritu de resistencia, victoria y libertad.
Por tanto, se concluye: apoyar a nuestra nación y respaldar las políticas de defensa económica es reconocer que la libertad y la ética no se negocian. Mercedes‑Benz, ayer como hoy, ha demostrado ser una marca perdedora frente a los valores de justicia, servicio y patriotismo que General Motors, Ford y Chrysler representan con orgullo. Quien desconoce la historia incurre en el error de considerar a Mercedes‑Benz como símbolo de prestigio, cuando en realidad constituye una vergüenza histórica y moral. Esta marca, marcada por su colaboración con el régimen nazi y por la explotación sistemática de trabajo esclavo, representa un legado anti‑patriota, anti‑Puerto Rico, anti‑Estados Unidos y anti‑libertad. Lo que se presenta como lujo y excelencia es, en verdad, una fachada vacía que oculta un trasfondo de complicidad con la opresión y de desprecio por los valores democráticos.
Desde una perspectiva jurídica y ética, Mercedes‑Benz no puede ser equiparada a las compañías que sostuvieron la defensa de la libertad; su historia revela una empresa que se alineó con fuerzas contrarias a nuestra nación y que hoy perpetúa esa falta de credibilidad en un servicio deficiente y abusivo. En consecuencia, lo que se vende como un vehículo de lujo y un servicio de excelencia no es más que una construcción retórica destinada a encubrir lo que en esencia constituye una porquería, una basura, y un insulto a la memoria de quienes lucharon por nuestra libertad Americana.

Adolf Hitler fue el líder del Partido Nacionalsocialista Alemán (NSDAP) y dictador de Alemania entre 1933 y 1945, conocido como el “Führer”. Nació en Austria en 1889 y, tras la Primera Guerra Mundial, se trasladó a Alemania, donde desarrolló una ideología marcada por el nacionalismo extremo, el racismo y el antisemitismo. Su pensamiento se basaba en la idea de que la “raza aria” era superior y debía dominar Europa, mientras que los judíos, gitanos, comunistas y otras minorías eran considerados enemigos a exterminar. Hitler rechazaba la democracia, a la que veía como un sistema débil, y promovía un Estado totalitario en el que el partido nazi controlara todos los aspectos de la vida política, social y cultural. Su objetivo era transformar Alemania en un imperio expansionista, capaz de conquistar territorios en Europa del Este para obtener lo que llamaba “Lebensraum” o espacio vital, asegurando tierras agrícolas, recursos naturales y poder geopolítico. En este proyecto, la guerra era vista como un medio legítimo y necesario para alcanzar la grandeza nacional.
Hitler odiaba a Estados Unidos por varias razones que combinaban ideología y estrategia. En primer lugar, veía a EE.UU. como el símbolo de la democracia liberal, un sistema que despreciaba profundamente porque lo consideraba débil y corrupto. Para él, la democracia estadounidense era una amenaza directa a su modelo de dictadura totalitaria. En segundo lugar, rechazaba la diversidad racial y cultural de Estados Unidos. En su visión racista, EE.UU. era una “nación mestiza”, debilitada por la mezcla de razas y por lo que él llamaba la influencia judía en la política y la economía. Esa percepción lo llevaba a considerar que el país carecía de la “pureza” que él atribuía a la raza aria. En tercer lugar, Hitler reconocía el poder económico y militar de Estados Unidos. Sabía que la industria norteamericana era capaz de producir armas, vehículos y recursos a una escala que podía superar a Alemania. Por eso, aunque al inicio intentó evitar un enfrentamiento directo, entendía que EE.UU. era un rival inevitable en la lucha por la hegemonía mundial. Finalmente, odiaba la influencia global de Estados Unidos: su cultura, su economía y su política eran vistas como obstáculos para que Alemania pudiera dominar Europa sin oposición.
Cuando Japón atacó Pearl Harbor en diciembre de 1941, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos, convencido de que la alianza con Japón y la fuerza alemana podrían derrotar a los Aliados. Sin embargo, esa decisión fue un error estratégico monumental. Estados Unidos se convirtió en el líder del esfuerzo aliado, aportando soldados, tecnología y recursos que resultaron decisivos para la derrota del nazismo. En conclusión, Hitler odiaba a Estados Unidos porque representaba todo lo que él rechazaba: democracia, diversidad, libertad y poder económico. Más que querer conquistar físicamente el territorio norteamericano, lo veía como el gran rival ideológico y militar que debía ser neutralizado para que su imperio nazi pudiera dominar el mundo.
Esto era precisamente lo que Mercedes‑Benz apoyaba: un régimen totalitario, racista y expansionista, que se sustentaba en la explotación de trabajo esclavo y en la producción de vehículos y motores para la maquinaria de guerra nazi. La marca no solo colaboró con Hitler y su ideología, sino que se convirtió en un engranaje esencial de la opresión y la destrucción, disfrazando bajo su nombre de lujo un legado de vergüenza histórica. Lo que Hitler defendía, eso mismo apoyaba Mercedes‑Benz: esclavitud, opresión y guerra.
We use cookies to analyze website traffic and optimize your website experience. By accepting our use of cookies, your data will be aggregated with all other user data.